El Mensaje de Nuestro Señor

[en français] [in English] [Tagalog]

Poderosas, radicales, llenas de confrontación, transformadoras, y liberadoras son todas palabras que describen las enseñanzas de nuestro Señor Jesucristo. Hacer una comparación cuidadosa de sus comunicaciones junto con lo que se enseña comúnmente hoy día en su nombre revela una sorpresa chocante. La esencia de su mensaje ha sido ensombrecida (si no se ha perdido totalmente); la sustancia de la cual puede ser resumida bajo el encabezamiento: el Reino de Dios. Desde su primera enseñanza, llamada el Sermón del Monte, hasta el día en que ascendió al cielo, él mantuvo consistentemente el mismo tema en su predicación y en sus enseñanzas, lo que él llamó el Evangelio del Reino. Dos cortas oraciones en el Padrenuestro resumen la totalidad del Reino de Dios. “Venga tu reino. Hágase tu voluntad, como en el cielo, así también en la tierra” (Mateo 6:10). Hoy, en la tierra, se hace la voluntad del hombre, no la voluntad de Dios.

En todas las muchas ocasiones que Jesús habló acerca del Reino de Dios, él nunca lo definió. Igualmente sorprendente es que ninguno de los que le oyeron jamás pidieron una explicación. Jesús habló como si todos ya entendieran el Reino, y ciertamente lo entendían. El conocimiento con respecto al Reino era tan común para cada israelita porque era la esperanza que ellos aguardaban con ansias, y lo habían hecho por siglos. Para nosotros, por el contrario, es un término extraño y un concepto desconocido. Ya que es fundamental para entender el mensaje de nuestro Señor, debemos obtener claridad. Un buen punto para comenzar es reconocer la necesidad que tiene el hombre por el Reino de Dios. Muchas Escrituras declaran la depravación de la humanidad, pero ninguna lo hace tan detallada y concisamente como las de la epístola de Romanos.

Romanos 3:10-18 …No hay justo, ni aun uno; No hay quien entienda. No hay quien busque a Dios. Todos se desviaron, a una se hicieron inútiles; No hay quien haga lo bueno, no hay ni siquiera uno. Sepulcro abierto es su garganta; Con su lengua engañan. Veneno de áspides hay debajo de sus labios; Su boca está llena de maldición y de amargura. Sus pies se apresuran para derramar sangre; Quebranto y desventura hay en sus caminos; Y no conocieron camino de paz. No hay temor de Dios delante de sus ojos.

Esta representación de la humanidad no es consistente con la forma en que Dios originalmente creó al hombre. En el principio, él fue creado a la imagen o semejanza de Dios.

Génesis 1:26-28 Entonces dijo Dios: Hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza; y señoree en los peces del mar, en las aves de los cielos, en las bestias, en toda la tierra, y en todo animal que se arrastra sobre la tierra. Y creó Dios al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó; varón y hembra los creó. Y los bendijo Dios, y les dijo: Fructificad y multiplicaos; llenad la tierra, y sojuzgadla, y señoread en los peces del mar, en las aves de los cielos, y en todas las bestias que se mueven sobre la tierra.

El plan original de Dios era que el hombre tuviera dominio sobre un mundo perfecto. Él creó a Adán y a Eva a Su imagen, capacitándoles para tener soberanía sobre la tierra bajo Su autoridad suprema y absoluta. En este ambiente original y perfecto y en su estado original y perfecto, la humanidad hubiera tenido una vida armoniosa y amorosa con Dios y unos con otros por siempre. El pecado, el odio, las contiendas, la pena, la enfermedad, y la muerte no existían en el Huerto del Edén. La piedad, el amor, la paz, el gozo, la salud, y la vida prosperaban y lo hubieran hecho por siempre.

Sin embargo, después de haber sido tentados por la serpiente, Adán y Eva tomaron la decisión de desobedecer el mandamiento directo de Dios. Las consecuencias de su elección fueron catastróficas, afectando cada aspecto de la creación. Su dominio fue disminuido en gran manera, la tierra fue corrompida, y sus relaciones armoniosas fueron empañadas con enemistad y contención. El pecado arropó la humanidad ya que Satanás se convirtió en el dios de esta edad y, como tal, en el agente primario de influencia sobre la humanidad. Su inmortalidad fue reemplazada con muerte.

La caída del hombre ciertamente destruyó el plan original de Dios, pero en ninguna forma disuadió a Dios de Su propósito. Inmediatamente después de la caída, Dios puso en movimiento el plan para redimir al hombre y restaurar la tierra a su estado de paraíso. Según progresan las Escrituras, este plan se convierte en su tema principal, el cual es llamado por nuestro Señor Jesucristo, EL REINO DE DIOS.

De la misma manera que el libro de Génesis explica lo que sucedió en el principio, el libro de Apocalipsis predice lo que sucederá al final. El Reino de Dios vendrá, y Su voluntad se hará en la tierra como en el cielo. Adán y Eva fueron echados del paraíso y se les impidió comer del árbol de la vida. Su paraíso fue destruido completamente con el diluvio en los tiempos de Noé. Sin embargo, Dios promete que el paraíso y el árbol de la vida vendrán nuevamente.

Apocalipsis 2:7 El que tiene oído, oiga lo que el Espíritu dice a las iglesias. Al que venciere, le daré a comer del árbol de la vida, el cual está en medio del paraíso de Dios.

Los justos recobrarán el dominio sobre la tierra re-creada de Dios. La relación del hombre con Dios será como fue antes de la caída: santa, amorosa, armoniosa, y completamente libre de pecado. Los justos vivirán con el Señor Jesucristo y con Dios en la tierra como paraíso.

Apocalipsis 21:1-4 Vi un cielo nuevo y una tierra nueva; porque el primer cielo y la primera tierra pasaron, y el mar ya no existía más. Y yo Juan vi la santa ciudad, la nueva Jerusalén, descender del cielo, de Dios, dispuesta como una esposa ataviada para su marido. Y oí una gran voz del cielo que decía: He aquí el tabernáculo de Dios con los hombres, y él morará con ellos; y ellos serán su pueblo, y Dios mismo estará con ellos como su Dios. Enjugará Dios toda lágrima de los ojos de ellos; y ya no habrá muerte, ni habrá más llanto, ni clamor, ni dolor; porque las primeras cosas pasaron.

El comienzo del entendimiento del Reino de Dios se encuentra con el patriarca Abraham. Dios hizo un pacto con él que ha tenido un impacto sobre todos los que tienen fe. Dios hizo muchas promesas a este hombre, algunas de las cuales ya se han cumplido, otras que se cumplirán cuando venga el Reino. Dios inició la relación con Abram (luego Él cambió su nombre a Abraham) mientras él vivía en Mesopotamia. Sus instrucciones fueron específicas — deja tu tierra, tus parientes, la casa de tu padre y ve a la tierra que Yo te mostraré. Dios le prometió lo siguiente:

Génesis 12:2 y 3 Y haré de ti una nación grande, y te bendeciré, y engrandeceré tu nombre, y serás bendición. Bendeciré a los que te bendijeren, y a los que te maldijeren maldeciré; y serán benditas en ti todas las familias de la tierra.

Abram obedeció a Dios y se fue, así comenzó su relación que más tarde fue caracterizada por Dios cuando Él dijo, “Abraham mi amigo”. ¡A nadie más se le ha llamado amigo de Dios! Según Abraham crecía en su fe y compromiso, así crecían el compromiso y las promesas de Dios. Dios Se extendió a Abraham en una manera extraordinaria. Él hizo promesas a él y a su descendencia que llegarían hasta la eternidad. Para sellar las promesas, Dios hizo un pacto de sangre que aseguraría absolutamente que Sus promesas se cumplirían. Luego de Abraham demostrar su fe obedeciendo a Dios al grado de ofrecer la vida de su hijo Isaac, Dios Se comprometió en una manera única y extraordinaria. Él juró a Sí Mismo que Él cumpliría las promesas hechas a Abraham. En ningún otro momento ha dado Dios la garantía triple: promesa, pacto, y juramento. Una investigación detallada de Génesis capítulos 12 al 22 proveerá un panorama abarcador de todas las promesas hechas. Ya hemos destacado que Dios prometió primero hacer de él una gran nación. Según se desarrollan progresivamente las Escrituras, lo que llega a ser aparente es que Israel es esa nación prometida. Sin embargo, lo que no fue tan obvio por muchos años es que Dios también promete que naciones saldrían de Abram. De hecho, el cambio de nombre de Abram a Abraham refleja esa promesa adicional. “Abraham” significa padre de muchas naciones.

Génesis 17:5 Y no se llamará más tu nombre Abram, sino que será tu nombre Abraham, porque te he puesto por padre de muchedumbre de gentes [gowy].

La palabra hebrea “gowy” se traduce a español como “nación” o “gentiles”. Aun hoy día, los judíos utilizan la palabra “goy” para referirse a cualquiera que no sea de Israel. Dios reveló al Apóstol Pablo lo que fue un misterio por siglos — que Dios siempre había tenido la intención de incluir a los gentiles como herederos de las promesas hechas a Abraham. (Israel siempre consideró a Abraham como su Padre.) Sin embargo, Pablo revela que los verdaderos hijos de Abraham son los de fe tanto de Israel (la circuncisión) como de los gentiles (la incircuncisión). Los que tienen la misma fe que Abraham son considerados sus hijos.

Romanos 4:11 y 12, 16 Y recibió la circuncisión como señal, como sello de la justicia de la fe que tuvo estando aún incircunciso; para que fuese padre de todos los creyentes no circuncidados, a fin de que también a ellos la fe les sea contada por justicia; y padre de la circuncisión, para los que no solamente son de la circuncisión, sino que también siguen las pisadas de la fe que tuvo nuestro padre Abraham antes de ser circuncidado.

Por tanto, es por fe, para que sea por gracia, a fin de que la promesa sea firme para toda su descendencia; no solamente para la que es de la ley, sino también para la que es de la fe de Abraham, el cual es padre de todos nosotros

Abraham es el padre de todos los que creen. Dios comparó su descendencia al polvo de la tierra, a las innumerables estrellas, y la arena que está a la orilla del mar porque Él sabía que comprendería mucho más que sencillamente los descendientes biológicos de Israel. Israel es solamente una nación. La inclusión de los gentiles hizo que su descendencia fueran muchas naciones.

Gálatas 3:6-9 Así Abraham creyó a Dios, y le fue contado por justicia. Sabed, por tanto, que los que son de fe, éstos son hijos de Abraham. Y la Escritura, previendo que Dios había de justificar por la fe a los gentiles, dio de antemano la buena nueva a Abraham, diciendo: En ti serán benditas todas las naciones. De modo que los de la fe son bendecidos con el creyente Abraham.

Cuando Dios habló proféticamente a Abraham, su descendencia incluía a todos los que creerían tanto de Israel como de los gentiles debido a la obra consumada de Jesucristo.

Versículo 14 para que en Cristo Jesús la bendición de Abraham alcanzase a los gentiles, a fin de que por la fe recibiésemos la promesa del Espíritu.

Si nosotros creemos en Cristo, entonces somos de la descendencia de Abraham y coherederos de las mismas promesas.

Versículo 29 Y si vosotros sois de Cristo, ciertamente linaje de Abraham sois, y herederos según la promesa.

Los fieles seguidores de Cristo heredarán las mismas promesas que le fueran hechas a Abraham. Una promesa muy importante tenía que ver con la tierra. Cuando Dios primero mencionó tierra a Abraham, no proveyó fronteras específicas. Él sencillamente declaró “esta tierra” (Génesis 12:7). Sin embargo, con el pasar del tiempo, la cantidad de tierra expandió grandemente. Finalmente, Dios prometió a Abraham y a su descendencia (la que ahora sabemos incluía a todos los de fe) el mundo entero.

Romanos 4:13 Porque no por la ley fue dada a Abraham o a su descendencia la promesa de que sería heredero del mundo, sino por la justicia de la fe.

Lo que Adán y Eva perdieron y lo que el libro de Apocalipsis declara vendrá nuevamente, una tierra totalmente regenerada, fue prometida a Abraham y a sus hijos de fe. Israel ocupó parte de la tierra prometida y lo hizo por un período relativamente corto. Sin embargo, esa ocupación de ninguna manera vino a ser el cumplimiento absoluto de las promesas hechas a Abraham. No abarcó el mundo entero, ni duró para siempre. Como mucho, fue un prototipo de lo que sucederá cuando Cristo regrese y establezca el Reino de Dios.

Aunque la mayoría piensa que la vida eterna se pasará en el cielo, las Escrituras clara y frecuentemente declaran que el Paraíso en la tierra es el destino de los fieles. Un estudio cuidadoso de las enseñanzas de Jesús revela que él enseñó que el Reino de Dios será en la tierra.

Otra promesa importante hecha a Abraham que se relaciona con el Reino de Dios es que “reyes saldrán de ti”. Ciertamente, muchos reyes fueron descendientes de Abraham, los más notables siendo David y Jesús. El reinado de David sobre Israel es presentado como el prototipo del reinado de Jesús sobre Israel y el mundo durante los primeros 1,000 años después de su retorno. El primer acto oficial de David como rey sobre un Israel unificado fue tomar la ciudad de Jerusalén y hacerla el centro de adoración y la ciudad capital. Moisés le dijo a Israel que Dios había seleccionado un lugar especial en la tierra prometida para los Suyos — un lugar donde Él sería adorado.

No obstante, cuando Josué guió a Israel a la tierra prometida, ellos tomaron toda el área alrededor de Jerusalén, pero nunca tomaron la ciudad en sí. El lugar específico que Dios quería, el cual sería llamado la ciudad de Dios, fue dejado para que lo ocuparan paganos. Por más de 500 años, ellos no tomaron a Jerusalén. David, un hombre conforme al corazón de Dios, tomó la ciudad y procedió a llevar a cabo la voluntad de Dios para Su ciudad. La próxima cosa que hizo David fue traer el arca del pacto a la ciudad y establecer la alabanza y adoración que Dios quería y que Israel había descuidado. David nombró a miles de levitas para que alabaran y sirvieran al Señor. A este tiempo se le llamó “el tiempo de Sion” y se le consideró como la relación más dulce que Israel tuvo con Dios. Desgraciadamente, fue de corta duración, pero aun permanece como un prototipo de lo que Jesús hará cuando él regrese. En aquel día, Jesús nuevamente tomará a Jerusalén para Dios y la hará Su ciudad capital para la teocracia mundial. Será nuevamente la ciudad de Dios.

Dios hizo un pacto con David justo como Él lo había hecho años antes con Abraham.

I Crónicas 17:11-14 Y cuando tus días sean cumplidos para irte con tus padres, levantaré descendencia después de ti, a uno de entre tus hijos, y afirmaré su reino. Él me edificará casa, y yo confirmaré su trono eternamente. Yo le seré por padre, y él me será por hijo; y no quitaré de él mi misericordia, como la quité de aquel que fue antes de ti; sino que lo confirmaré en mi casa y en mi reino eternamente, y su trono será firme para siempre.

La descendencia de David que se sentará en su trono para siempre es Jesús de Nazaret, llamado el Cristo. Cuando el ángel le habló a María acerca de su hijo por nacer, declaró que su hijo sería el que había sido prometido a David.

Lucas 1:31-33 Y ahora, concebirás en tu vientre, y darás a luz un hijo, y llamarás su nombre JESÚS. Éste será grande, y será llamado Hijo del Altísimo; y el Señor Dios le dará el trono de David su padre; y reinará sobre la casa de Jacob para siempre, y su reino no tendrá fin.

Jesús reinará sobre el trono de David en Jerusalén.

El Antiguo Testamento está colmado de profecías con respecto al Cristo. La palabra “Mesías” es utilizada principalmente en el Antiguo Testamento, mientras que la palabra “Cristo” es principalmente utilizada en el Nuevo Testamento. Ambas palabras significan lo mismo — el ungido. El sumo sacerdote, el profeta y el rey fueron todos ungidos, y como tales, sirvieron como prototipos del Cristo. Moisés (los primeros cinco libros del Antiguo Testamento) y los profetas (el resto del Antiguo Testamento) hablaron a menudo con respecto al Mesías. Ellos comunicaron muchos de los detalles acerca de lo que él diría y haría. Antes de que naciera el Mesías, estas Escrituras proveyeron un plano detallado y complejo para que hubiera un estándar para comparar y determinar la autenticidad del Cristo. Aunque los cuatro Evangelios no narran todo lo que Jesús hizo y dijo, ellos si declaran todo lo necesario para determinar que él es el Cristo. Él cumplió con todo lo que se profetizó con respecto a su primera venida.

Debido a que él cumplió esas profecías probando que él es el Cristo, podemos tener la absoluta confianza de que él también retornará y cumplirá el resto de lo que se ha prometido con respecto a él. Una vez más, mucho se ha escrito acerca de su segunda venida. Su retorno marcará el comienzo del Reino de Dios sobre la tierra. Él se asegurará que la voluntad de Dios se haga en la tierra como en el cielo.

Antes de que Jesús resucitara y ascendiera al cielo, él sufrió la tortura y la muerte más horribles en la historia de la humanidad. Su sufrimiento y muerte proveyeron el sacrificio sustituto necesario para la redención y salvación del hombre. Antes de que Jesús regrese, nuevamente habrá un tiempo de gran sufrimiento y muerte. No obstante, él no será la víctima esta vez. Los tres años y medio antes de su retorno serán un tiempo de gran tribulación para toda la humanidad. La tierra y todos en ella serán afectados.

La gran esperanza de los cristianos está centrada en el retorno de Cristo cuando se lleve a cabo la resurrección de los justos. En esta primera resurrección de los muertos, todos los creyentes de las edades pasadas serán resucitados y les será dada una nueva vida que será eterna. Los creyentes que estén vivos cuando él venga serán transformados simultáneamente con los resucitados. Cuando Jesús resucitó él se convirtió en el primogénito de entre los muertos. Primogénito implica que nadie vino antes pero que otros le seguirán. La vida que le fuera dada cuando fue levantado de los muertos es un ejemplo de lo que será dado a los que estén en la resurrección de los justos.

En ese tiempo, Jesús comenzará a reinar en el Reino de Dios en la tierra. Él se sentará en el trono de David en la ciudad de Dios, Jerusalén. Él gobernará el mundo en nombre de Dios, y todas las naciones vendrán a estar en sujeción delante de él. Los santos resucitados reinarán con él como reyes y sacerdotes y lo harán por 1,000 años. Durante este milenio, Satanás será encadenado en el abismo, y su influencia sobre el mundo será detenida.

A este tiempo se le llama la regeneración porque habrá una re-creación de la vida. Los cambios van a ser radicales, progresivos, y envolverán a todos y a todo. Las características geográficas indeseables e improductivas de la tierra serán cambiadas. Los valles serán elevados; las montañas serán traídas abajo. Los desiertos prosperarán con agua y vegetación.

Toda guerra y pensamientos de guerra cesarán. Las armas de guerra serán quemadas con fuego durante los primeros siete años después del retorno de Cristo y moldeadas en instrumentos agrícolas. Aun el reino animal sufrirá cambios drásticos. Los animales serán vegetarianos y coexistirán pacíficamente unos con otros y con el hombre. Todos estos cambios evolucionarán hasta que, al final, se establezca el paraíso en la tierra.

Al final de los 1,000 años, Satanás será desencadenado por un poco de tiempo. Una vez más, él engañará a muchos y procurará dirigir una insurrección en contra del Reino de Cristo. No obstante, sus esfuerzos serán efímeros porque todos los implicados serán devorados por fuego que bajará del cielo de Dios. Entonces el diablo será echado en el lago de fuego y azufre donde él será totalmente aniquilado para siempre.

A la misma vez, la segunda resurrección — la resurrección de los injustos — se llevará a cabo. En esta resurrección, todos los incrédulos de las edades pasadas y los del reino del milenio serán juzgados. Quienquiera que no esté inscrito en el libro de la vida será echado al lago de fuego junto con la muerte y el dominio de la tumba.

Después de todo esto, Jesús el Cristo entregará el Reino a su Padre. Entonces Dios reinará sobre todo y morará entre Su pueblo. La humanidad vivirá con Cristo y Dios en un nuevo cielo y una nueva tierra. El paraíso nuevamente será establecido, y el hombre tendrá acceso al árbol de la vida.

Las muchas cosas que Jesús hizo y que están registradas en los cuatro Evangelios probaron que él era el Cristo, el Hijo de Dios. También incluidas en los Evangelios, e igualmente importantes, son las muchas cosas que él dijo. Según el ministerio de Juan el Bautista llegaba a su fin debido a su encarcelamiento, el ministerio de nuestro Señor comenzó a aflorar. La siguiente declaración dada al comienzo de su ministerio expresa el tema recurrente de su mensaje.

Mateo 4:17 Desde entonces comenzó Jesús a predicar, y a decir: Arrepentíos, porque el reino de los cielos se ha acercado.

Él comunicó fielmente el evangelio del Reino de Dios a lo largo de su ministerio hasta que ascendió al cielo.

Mateo 4:23 Y recorrió Jesús toda Galilea, enseñando en las sinagogas de ellos, y predicando el evangelio del reino, y sanando toda enfermedad y toda dolencia en el pueblo.
Hechos 1:3 a quienes también, después de haber padecido, se presentó vivo con muchas pruebas indubitables, apareciéndoseles durante cuarenta días y hablándoles acerca del reino de Dios.

No obstante todo lo que él enseñó acerca del Reino, se le dio muy poco énfasis a los detalles expuestos en este escrito. Contrario a hoy día, todos conocían sobre el Reino venidero; por lo tanto, él no necesitaba explicarles nada. Este conocimiento era tan común que aun hombres como Herodes lo sabían. Herodes, el gobernante incrédulo y malvado, entendió que el Mesías vendría a reinar en el trono de David y a gobernar a Israel. Él estaba tan convencido y se sentía tan amenazado por el Mesías que mandó a matar a todos los niños menores de dos años en Belén en un esfuerzo por eliminarle.

Desde los tiempos de Abraham, por miles de años, los israelitas velaban por cumplimiento de la promesa que traería el Reino de Dios a la tierra. Moisés y todos los profetas escribieron sobre el Reino, así que ciertamente era comprendido comúnmente. Asimismo, los escritores del Nuevo Testamento, los apóstoles, todos hablaron lo mismo. El libro de Hechos termina con esta declaración que resume el ministerio del Apóstol Pablo:

Hechos 28:31 predicando el reino de Dios y enseñando acerca del Señor Jesucristo, abiertamente y sin impedimento.

Pablo enseñó el Reino de Dios con la perspicacia añadida concerniendo a nuestro Señor Jesús en su posición exaltada como Cristo. Después de su ascensión al cielo, una nueva fase del plan del Reino comenzó. Al período de tiempo entre su ascensión y su retorno (que es la edad en que vivimos) se le llama la edad de gracia. Hoy, las cosas son muy diferentes a como eran cuando Jesús caminó la tierra o de cómo serán cuando él regrese como el Rey de la tierra. En el Antiguo Testamento, se exponen tres grandes ungimientos como prototipos de Jesús el Cristo (El Ungido) — el sumo sacerdote, el profeta, y el rey. Estos ungimientos nos ayudan a entender la relación que los creyentes de hoy tienen con Cristo, mientras esperamos su retorno.

El sumo sacerdote de antaño servía como el mediador e intercesor para el pueblo de Israel. Él ofrecía sacrificios de animales como expiación por los pecados para que se pudiera recibir perdón. El sacerdote servía en el tabernáculo y, luego en los tiempos de Salomón, en el templo. Jesús fue ungido para ser nuestro sumo sacerdote. Él ofreció el perfecto sacrificio de una vez y para siempre proveyendo eterna reconciliación y el perdón de pecados. Hoy, él está a la diestra de Dios en los cielos, viviendo siempre para hacer intercesión por nosotros. Él ha sido declarado como un sumo sacerdote misericordioso, fiel y compasivo, que corre a ayudar a los que son tentados.

Jesús fue ungido para ser el gran profeta que Moisés dijo sería como él pero mayor (porque sus palabras traerían salvación a los que creyeran). Hoy, el profeta Jesús nos habla mediante la Palabra de Dios registrada en las Escrituras y mediante el espíritu santo que viven en nosotros. De la misma manera en que él enseñó y guió a sus discípulos, él ahora opera en nosotros mediante el espíritu. Debido al espíritu, Cristo vive en nosotros; por lo tanto, nuestro profeta está siempre con nosotros.

Jesús el ungido reinará en el trono de David cuando él regrese. Hoy, él reina en los corazones y en las vidas de los que obedecen sus mandamientos. Él es nuestro Señor y Maestro; por lo tanto, él gobierna nuestras vidas mientras esperamos su glorioso retorno. Con Cristo en nosotros, todo lo podemos no importa las circunstancias por que él provee la fortaleza. Él nos ha hecho más que vencedores, aun ahora, mientras vivimos en esta edad mala.

Cuando oímos el mensaje de nuestro Señor, la pregunta lógica debería ser, “¿Qué debo yo hacer para ser parte del Reino de Dios?” La respuesta también está provista en la enseñanza de nuestro Señor; por lo tanto, escudriñar las Escrituras debería ser de supremo interés. Pedro lo resumió muy bien.

Hechos 3:19-21> Así que, arrepentíos y convertíos, para que sean borrados vuestros pecados; para que vengan de la presencia del Señor tiempos de refrigerio, y él envíe a Jesucristo, que os fue antes anunciado; a quien de cierto es necesario que el cielo reciba hasta los tiempos de la restauración de todas las cosas, de que habló Dios por boca de sus santos profetas que han sido desde tiempo antiguo.

¿Quisiera leer usted más?